Johannes, el último corpóreo de Cachureos

Entre la nostalgia infantil y la crudeza del debate contemporáneo, Gato Juanito acompaña a Johannes Kaiser como mentor político, revelando la paradoja del libertarismo, pasando del felino que cantaba la autosuficiencia en Cachureos, a la figura que muestra la imposibilidad de sostener esa fantasía sin orden, autoridad y coerción.

09-09-2025

En un rincón olvidado de la conciencia colectiva, donde se apilan las canciones de la infancia y los recuerdos de una televisión que ya no existe, Gato Juanito se maquilla frente a un espejo empañado. Su pincel, preciso y firme, traza las líneas de un rostro que se prepara para un nuevo escenario: no el desván caótico de Cachureos, sino la arena helada del debate político. Su pupilo es Johannes Kaiser, un hombre que, en la visión de este ensayo, es el último y más improbable corpóreo de la tropa de Marcelo Hernández. Esta imagen alegórica, acompañada del eco de “La mosca” y “Congelao”, nos invita a reflexionar sobre un viaje intelectual que, de la mano de pensadores como Aaron James, Slavoj Zizek y Hannah Arendt, nos obliga a repensar el libertarismo como una fantasía infantil que se estrelló contra la realidad.


Este análisis busca demostrar que la política, al igual que el juego, requiere más que la mera afirmación del yo. Exige una comprensión de la interdependencia y la necesidad de una estructura social que va más allá de la mera autosuficiencia. La trayectoria del personaje de El Gato Juanito, desde el pícaro autosuficiente hasta el planificador político, revela la contradicción inherente de una ideología que, al abandonar la fantasía del show infantil, se ve forzada a adoptar las mismas herramientas de coerción y planificación que en teoría rechaza. El Gato Juanito, en su rol como coach político, no solo rompe la cuarta pared, sino que también nos fuerza a confrontar la tensión entre el idealismo lúdico de la niñez y la pragmática cruda de la vida adulta.


La utopía mutante de cachureos: Un anarquismo benevolente


Si Marcelo Hernández, el Tío Marcelo, es la figura de Charles Xavier, el maestro que congregó a un grupo de mutantes dispares —un gato pícaro, un antihéroe sin higiene, un león snob—, con la esperanza de que, juntos, pudiesen encarnar una utopía de orden espontáneo, entonces El Gato Juanito es Wolverine. Un mutante que representa el individualismo libertario en su estado más puro, crudo y amoral, tal como lo conceptualizaría Jason Stanley en su análisis del discurso político. En la canción “Yo soy Juanito”, este felino nos narra una balada de autosuficiencia y astucia, un himno al emprendedor hecho a sí mismo, un chamullero que navega el mundo por su cuenta. La famosa frase “Por un pescado tienes tú que luchar” es el leitmotiv de una ideología que ve el mundo como un campo de batalla donde el progreso es resultado de la lucha individual.


Esta visión, que en la televisión infantil chilena parecía una lección de resiliencia, se convierte en un marco problemático cuando se aplica al debate público, el cual, como nos recordó Slavoj Zizek, no es una mera suma de individualidades, sino una arena de fricción y antagonismos que revelan las contradicciones del sistema. El mundo de Cachureos era un cosmos de individuos que perseguían sus propios fines, pero esta aparente libertad solo era posible gracias a un taxis subyacente: las reglas no escritas que dictaba Tío Marcelo, quien repetidamente nos llamaba a la acción con su famoso “¡El grito, el grito, el grito!”. El Gato Juanito, en su rol, era la máxima expresión de ese individualismo que, al operar en un entorno seguro y benevolente, no necesitaba confrontar sus propias limitaciones éticas o sociales.


Además, la metáfora de los mutantes se profundiza al considerar la naturaleza de sus poderes. Cada personaje tiene una habilidad o característica singular —la astucia del Gato Juanito, la aversión a la higiene de Epidemia— que los hace únicos. En este sentido, Cachureos celebra la diversidad y la diferencia, pero siempre bajo el paraguas de un orden que no es ni democrático ni anárquico, sino paternalista. El Gato Juanito es Wolverine, pero sin la furia o la rebeldía del personaje. Su rebeldía se reduce a una astucia calculada que siempre beneficia a la comunidad. Este compromiso entre la libertad individual y el orden colectivo es la esencia de la utopía cachurera, una que en el mundo real se revela como insostenible. Mientras los personajes se preparaban para la siguiente canción con “a mover el pollo”, la verdadera lección estaba en la tensión entre la autonomía y la obediencia.

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2025-09-01 13:31:39

La paradoja de la autoridad: De la fantasía a la coerción


La presencia de Gato Juanito como coach de Johannes Kaiser es, en este contexto, una culminación paradójica. El personaje que en el pasado nos cantó sobre la autosuficiencia ahora asume el rol de un gurú político, una figura de autoridad que le imparte sabiduría a su discípulo. Aquí se encuentra el corazón de la crítica de Umberto Eco y Byun-Chul Han, donde la figura de la autoridad benevolente se convierte en una contradicción inherente. En Cachureos, la figura de Tío Marcelo —nuestro Charles Xavier— proporcionaba el taxis, el orden jerárquico que, para bien o para mal, mantenía a raya el cosmos caótico de los personajes. Él es quien nos decía “Congelao” para que la anarquía del juego no se desbordase, un director de orquesta que, a pesar de las risas, ejercía un control centralizado.


Sin embargo, en el mundo real, esa figura de autoridad que impone un orden se desvanece, dejando en evidencia las fisuras de un individualismo sin contención social. El Gato Juanito, al asesorar a Johannes, se ve obligado a asumir ese rol de planificador, revelando que el libertarismo, en su aplicación práctica, no puede sostenerse sin una figura central que, como Marcelo, imponga una estructura. La misma ideología que venera la espontaneidad y la no agresión se ve forzada a abrazar la coerción, el coaching y la planificación, las mismas herramientas que, en teoría, rechaza. Como nos recordaría Aaron James, esta dinámica refleja el "síndrome de la arrogancia" que a menudo afecta a quienes creen que pueden imponer su visión individual sin considerar la complejidad del colectivo.


La transformación de Gato Juanito en un coach político es particularmente relevante. En la televisión, su poder radicaba en su ingenio individual. Ahora, su poder reside en su capacidad para influir en otro. Esta transición del yo autónomo al yo influyente revela una verdad incómoda sobre el libertarismo, ya que su ideal de autosuficiencia es una quimera que se disuelve tan pronto como el individuo busca alcanzar un poder político significativo. En este nuevo rol, el corpóreo de Gato Juanito se convierte en una herramienta del poder, traicionando el mismo ideal de libertad que alguna vez encarnó en sus canciones como “kikirí que le haga”. Es un viaje de la inocencia a la complicidad, donde el zancudo draculón de la política se alimenta de las ilusiones del pasado. La chica ye-ye de la política, con su inocencia aparente, es solo otra máscara en el baile de la coerción.


El “¡El grito, el grito, el grito!” de Tío Marcelo es más que una simple llamada; es un eco ominoso que encuentra su resonancia en el "rugido" de Javier Milei. Ambos actos son una coreografía de poder que busca anular la razón en favor de una respuesta emocional y unificada. El grito de Marcelo no pedía un debate, sino una obediencia instantánea y colectiva, una afirmación de la voluntad de la autoridad sobre la deliberación individual. De manera similar, el rugido de Milei no busca convencer, sino galvanizar, creando un acto de comunión emocional que, como las pastillas de amnesia, adormece el pensamiento crítico. Esta coreografía, sin embargo, no es espontánea. Es una herramienta de taxis, una forma de control planificado que disfraza la coerción bajo el manto de la emoción.


La máscara y el sujeto: Un análisis lacaniano


Para comprender la profunda disonancia en la que se encuentra Gato Juanito, podemos recurrir a la teoría de las máscaras de Jacques Lacan. En su obra, Lacan distingue entre el yo —el ego superficial que el individuo presenta al mundo— y el sujeto —el ser real, fragmentado y dividido, que habita en lo inconsciente. En el universo de Cachureos, los personajes corpóreos son la máscara en su forma más pura: una representación simbólica y exagerada de un rasgo de personalidad. El Gato Juanito es la máscara del pícaro, el emprendedor y el autosuficiente. Durante décadas, el actor detrás de la máscara, Fernando Ortiz, habitó ese rol, fusionando su identidad con la del personaje, el corpóreo.


Sin embargo, al dar un paso a la arena política como asesor de Johannes Kaiser, el actor rompe con la máscara y deja ver al sujeto. Este acto revela una tensión fundamental. El sujeto que interpreta la fantasía libertaria en la televisión ahora se ve obligado a vivirla en la realidad. La máscara del Gato Juanito ya no es un simple disfraz, sino una ideología que se ha vuelto carne, y su sujeto se enfrenta al dilema de cómo aplicar un ideal infantil a la complejidad de la política real. El Gato Juanito, al asesorar a Kaiser, no está simplemente dando consejos; está intentando hacer que su máscara teórica se sostenga en un mundo de antagonismos y fracasos, algo que Cachureos nunca tuvo que enfrentar. Es el último acto de un corpóreo que, sin saberlo, se ha convertido en una alegoría de la neurosis política moderna, donde la incapacidad de distinguir la fantasía del yo de la dura realidad del sujeto.


La neurosis a la que nos referimos se manifiesta en el rechazo a la interdependencia. Los libertarios, como el Gato Juanito de la canción, creen que la autosuficiencia es la clave para la libertad. Sin embargo, Lacan nos enseñaría que el sujeto humano es, por definición, dependiente de los otros para su propia constitución. La máscara del Gato Juanito podía pretender autosuficiencia en el desván, pero el sujeto de Fernando Ortiz solo puede ejercer su influencia política a través de la mediación de un tercero, Kaiser, y dentro de una estructura social que él no controla. Esta contradicción se ilustra perfectamente en el popular meme, donde el Pollo, con su inocencia aparente, le dice al Gato Juanito “que te ayude la mano invisible del mercado, libertario”, una frase que encapsula la crítica al individualismo desenfrenado.


La Mosca y lo que no pudimos hacer: La crítica al colectivismo y la protesta social


La música de Cachureos no solo ofrecía lecciones sobre el individualismo, sino que también contenía una crítica velada al fracaso del colectivo. La Mosca, por ejemplo, puede ser leída como una canción de protesta. La letra “Hay una mosca que se cayó a la sopa, hay una mosca que se puede ahogar... Que vengan todos, incluso los bomberos, para que me den respiración artificial” es un llamado desesperado a la acción colectiva ante una crisis individual. Sin embargo, el coro, repetido hasta el cansancio, enfatiza que la mosca no sabe nadar, lo que subraya la incapacidad del individuo para salvarse a sí mismo. La canción, en un nivel más profundo, critica la inacción de una sociedad que, aun teniendo los recursos para ayudar (los bomberos), puede ser demasiado lenta o ineficaz para evitar el colapso de un solo ser. Esta tensión entre el individuo y el colectivo es el corazón de la canción, y la misma tensión que los libertarios, al intentar llevar su ideología a la práctica, no han podido resolver.


Por otro lado, "Lo que no pudimos hacer" es una crítica directa a una generación de líderes, la de la Concertación en este caso, que prometieron más de lo que pudieron cumplir. La letra “Esta canción dedico a aquellos que una vez/ Dejaron tanto todavía por hacer” es un lamento por las oportunidades perdidas y una crítica a la política del consenso que no resolvió los problemas estructurales. El estribillo “No digas hoy que perdiste la razón/ Tampoco digas que no puedes creer” es un llamado a la acción y un rechazo al fatalismo, una declaración de que una nueva generación debe tomar las riendas y hacer lo que la anterior no pudo. En este sentido, Cachureos, a través de su música, se convirtió en una voz de descontento social, señalando las fallas de la transición chilena y la desilusión de una sociedad que esperaba más de sus líderes y que encuentra eco en la generación del Frente Amplio que hereda esta frustración.


La conexión con la figura de Luis Japaz es una ironía adicional que subraya la naturaleza circular del poder en Chile. El Luchito al que Marcelo Hernández se refiere en el video es Luis Japaz, quien años después se convertiría en mano derecha de la polémica y estafadora Cathy Barriga, y sería condenado por fraude al fisco. Esta coincidencia, aunque anecdótica, refuerza la idea de que los lazos de poder en Chile son pequeños, y que las mismas figuras que crecieron bajo un orden supuestamente benevolente, luego se convierten en parte de las estructuras de poder que fallan. El chamullo del Gato Juanito en la pantalla se convierte en el chamullo político en la vida real, lo que nos hace cuestionar si las lecciones del desván de Cachureos no estaban tan alejadas de la realidad como pensábamos.


"Estamos todos, solo faltas tú": La Invitación a la participación política


Más allá de las críticas y las lecciones sobre el individualismo, una de las canciones más emblemáticas de Cachureos, es su homónima “cachureos", puede ser interpretada como una invitación explícita a la participación social y política. La canción es un llamado a la acción, una interpelación directa a la audiencia para que no sea un mero espectador, sino que se involucre activamente en el juego. El estribillo "Estamos todos, solo faltas tú" no es solo una invitación a unirse a la fiesta, sino una declaración política. La comunidad está incompleta sin la participación de cada uno de sus miembros. La idea de una sociedad que solo puede ser funcional si todos se involucran activamente es una lección fundamental de la democracia.


En este sentido, Marcelo y el programa Cachureos, de forma quizás inconsciente, nos formaron como ciudadanos. Nos enseñaron desde la infancia que la comunidad, el grupo de "mutantes" dispares, es un proyecto incompleto sin nuestra participación. Esta lección contrasta con el individualismo puro del que hace gala Gato Juanito en otras canciones. La música de Cachureos, entonces, nos presentó una dialéctica. Ahí el "yo" autosuficiente debe existir dentro de un "nosotros" que se construye con la participación de todos. Esta dualidad es el legado más profundo del programa, que nos preparó para un mundo donde el "yo" individual es fuerte, pero solo puede florecer dentro de una comunidad que acoge y necesita a cada uno de sus miembros, y que nos invitó a "cantar Cachureos con fuerza y pasión".


Conclusión: La nostalgia como lente crítico


En resumen, el viaje de El Gato Juanito del desván de Cachureos a la arena del debate político con Johannes Kaiser es una alegoría fascinante de las tensiones inherentes al pensamiento libertario. Mientras que las canciones de la infancia como “Yo soy Juanito” celebraban la autopropiedad y la autosuficiencia, el rol de Tío Marcelo como un Charles Xavier que imponía un taxis revelaba la necesidad de una autoridad central, por más benevolente que fuese. La tragicomedia de La Mosca nos recuerda que, a pesar de la exaltación del individuo, hay crisis que solo pueden ser superadas a través de la acción colectiva.

La figura de Gato Juanito asesorando a Kaiser no es solo un hecho curioso. Es la confirmación de que la fantasía del individualismo puro, tan atractiva en el juego y la canción, no puede sostenerse en la complejidad del mundo político. La nostalgia que sentimos por Cachureos no es solo por las canciones, sino por una época en la que las lecciones sobre la libertad y el orden eran simples y contenidas en un desván, antes de que tuvieran que enfrentarse a la cruel y compleja realidad del mundo exterior.

Centro de Estudios de la Cultura Popular