De Piñera a Kast: el relato del enemigo imaginario no muere

"Hablar de enaltecer las calles para lograr la salida de Kast, solo por ser malos perdedores de las últimas elecciones, es pasarse varios pueblos. Aquí lo único que se discute es cómo no dejarse pisotear, no cómo planear un supuesto ataque a la democracia", expresa el columnista Álvaro Ortiz.

31-12-2025


Decir que las palabras crean realidad es un cliché que muchas veces pasamos por alto, pero que, al reflexionar sobre ello, se hace cada vez más evidente su relevancia. La tecnología, la irrupción de la inteligencia artificial y la proliferación de los nichos en internet han transformado profundamente nuestra forma de interactuar con el mundo y, con ello, con la verdad.


Hoy, más que nunca, existe la posibilidad de crear y habitar realidades alternativas, adaptadas a nuestras creencias y percepciones, por más distorsionadas o subjetivas que sean. Este fenómeno, lejos de ser una simple tendencia, se ha convertido en un reflejo de una sociedad cada vez más fragmentada y, por otro lado, en una herramienta para revivir a la ultraderecha dentro del sistema, a través del miedo, la nostalgia y un extraño relato “mesiánico”.


"Estamos en guerra contra un enemigo poderoso, implacable, que no respeta a nada ni a nadie y que está dispuesto a usar la violencia y la delincuencia sin ningún límite…”, decía el entonces presidente Sebastián Piñera la noche del 20 de octubre del 2019, dos días después de que la rabia del país quedara plasmada en la historia del país como el “estallido social”.


Pero, a más de 5 años del episodio, las preguntas persisten: ¿Dónde está ese enemigo del que hablaba el ex mandatario?, ¿Dónde están los supuestos grupos extranjeros que orquestaban la revuelta?, ¿Dónde están quienes quemaron el metro? Con el tiempo, esas incógnitas se disipan en el aire, sin respuestas claras, porque al final todo fue una construcción narrativa que nunca buscó ser una verdad tangible, sino más bien una salida conveniente para no exhibir la culpa propia.


Lamentablemente, ese relato caló hondo, aprovechó el inevitable rebote de las incivilidades públicas y ahora sigue sirviendo para justificar el autoritarismo. Vanessa Kaiser, senadora electa por La Araucanía y hermana del ex candidato Johannes Kaiser, reiteró este fin de semana que un eventual gobierno de Kast podría enfrentar un golpe de Estado si no adopta medidas “drásticas” en seguridad. 


Esta lógica absurda, que ignora que las manifestaciones nacen de necesidades legítimas, sólo busca avivar los mitos de épocas pasadas para justificar la represión. Es como si las protestas y las demandas de la gente no pudieran coexistir con el orden y el ejercicio del poder, promoviendo una realidad distorsionada donde todo desacuerdo se ve como la fantasía de derrocar el sistema.


Vale la pena rescatar, entonces, la teoría de Chantal Mouffe, que nos invita a ver la política no como un lugar donde todo se resuelve con consenso, sino como un espacio donde las diferencias son inevitables y deben ser gestionadas.  Al exigir homogeneidad, como lo hace Kaiser al ver las protestas como una amenaza al “orden”, se corre el riesgo de moralizar al “otro” bajo un juicio ético que lo convierta en un enemigo a eliminar, lo que solo radicalizará los conflictos.


Por discursos como el de la senadora electa y sus dos hermanos, la gente salta cuando el Partido Comunista habla de “articular un pueblo organizado, movilizado y consciente de sus intereses” frente al gobierno de Kast. A raíz de un documento emanado de su Comité Central la semana pasada, muchos interpretaron que el PC busca boicotear la democracia, invocando una movilización “amplia y unitaria” para enfrentar los posibles retrocesos en derechos sociales, pero no es más que una tergiversación de la realidad, impulsada por una paranoia dictatorial comunista que, desgraciadamente, es lo que algunos quieren creer.


Me cuadro con el presidente de la tienda, Lautaro Carmona, cuando dice que esto no es más que “una provocación dirigida a afectar la influencia, la importancia, la incidencia histórica que tiene el Partido Comunista”, porque el relato no es congruente, siendo que el único golpe de Estado que realmente destrozó la democracia en Chile lo orquestó la derecha.


Los movimientos sociales no pertenecen a ningún partido, son expresiones legítimas de la gente que busca, en la verticalidad del Estado, una respuesta a las crecientes dificultades del costo de vida, no herramientas para manipular la política. Alimentar la paranoia, como Kast lo hace cuando da un discurso detrás de un vidrio, puede ser útil para sus objetivos a corto plazo, pero no considera el daño que a largo plazo paga un país que comienza a enajenarse de la realidad, atrapado en conspiraciones de amenaza inexistente.


Hablar de enaltecer las calles para lograr la salida de Kast, solo por ser malos perdedores de las últimas elecciones, es pasarse varios pueblos. Aquí lo único que se discute es cómo no dejarse pisotear, no cómo planear un supuesto ataque a la democracia.

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