Bienvenidos a la nueva doctrina Monroe

"´Liberar´ es una palabra demasiado limpia para lo que puede venir en Venezuela. Trump no hace esto por vocación democrática, sino porque Maduro hace tiempo no le era funcional a sus intereses. La letra chica está en su propio discurso", plantea el columnista estrella Álvaro Ortiz.

05-01-2026


Nadie despertó este sábado descubriendo que Nicolás Maduro era un dictador. Su deriva autoritaria en Venezuela estaba a la vista hace rato: poder concentrado, persecución política, instituciones sometidas y elecciones fraudulentas, las que quedaron en evidencia en la presidencial del 28 de julio de 2024, denunciadas dentro y fuera del país como un montaje sin garantías.


El presidente Gabriel Boric lo tenía claro, por lo mismo, nunca reconoció la victoria del heredero de Hugo Chávez. Incluso cuando Tribunal Supremo de Justicia venezolano supuestamente convalidara la legitimidad del resultado, el mandatario señaló: “He visto a los ojos a miles de venezolanos que claman democracia para su patria y que hoy reciben un nuevo portazo. Chile no reconoce este falso triunfo autoproclamado de Maduro y compañía”. De ahí que, a principios de este año, el gobierno también pusiera fin a la misión del embajador en Venezuela, Jaime Gazmuri.


Sin embargo, luego de que este 3 de enero marcara el día en que Estados Unidos llevó a cabo un ataque militar a gran escala en tierras venezolanas, que incluyó la captura de Maduro y un aproximado de 80 personas muertas, muchos crucificaron a Boric por condenar la intervención y llamar al respeto del Derecho Internacional, como si lo correcto fuera aplaudir que el presidente Donald Trump se arrogue el derecho de redibujar el destino de Venezuela por la fuerza y abrir la puerta a un “Irak 2.0”. 


Ni siquiera la ultraderechista Marine Le Pen, diputada y líder del partido Agrupación Nacional en Francia, pudo contener su preocupación por lo sucedido en el país caribeño y, al igual que Boric, condenó el ataque. “Hay una razón fundamental para oponerse al cambio de régimen que Estados Unidos acaba de instaurar en Venezuela. La soberanía de los Estados nunca es negociable”, declaró en redes sociales, añadiendo que “renunciar hoy a este principio equivaldría a aceptar nuestra propia servidumbre mañana”.


“Liberar” es una palabra demasiado limpia para lo que puede venir en Venezuela. Trump no hace esto por vocación democrática, sino porque Maduro hace tiempo no le era funcional a sus intereses. La letra chica está en su propio discurso. 


Cuando dice que “vamos a administrar el país hasta asegurar una transición pacífica”, no está prometiendo soberanía, está anunciando tutela. Y cuando plantea que "vamos a hacer que nuestras enormes compañías petroleras de Estados Unidos gasten miles de millones de dólares, arreglen la infraestructura gravemente dañada, la infraestructura petrolera, y comiencen a generar dinero para el país” no está hablando de reconstrucción desinteresada, está describiendo un negocio.


Como alertó el presidente Boric tras reunirse con su gabinete, “esto sienta un precedente extremadamente peligroso para la estabilidad regional y global (…) hoy es Venezuela, mañana podría ser cualquier otro”. Eso no es una advertencia retórica, es la confirmación de que se abrió una puerta cuyo resultado, en la historia del continente, ya conocemos demasiado bien. 


Basta con pegarle una leída a la Estrategia de Seguridad Nacional de Trump para entender por qué. Allí se fija como objetivo “garantizar que el Hemisferio Occidental se mantenga razonablemente estable y suficientemente bien gobernado para prevenir y desalentar la migración masiva a Estados Unidos”. Es el retorno de una lógica conocida: intervenir primero y justificar después, decidir desde Washington quién gobierna “bien” y quién es un problema.


Además, cuando digo lógica conocida, es que el mismo documento sostiene que “en otras palabras, afirmaremos y haremos cumplir un 'Corolario Trump' de la doctrina Monroe”. No es una metáfora ni una mala traducción, sino que la actualización de una idea del siglo XIX, formulada en 1823 por James Monroe, cuando Estados Unidos advirtió a las potencias europeas que consideraría “cualquier intento por extender su sistema a cualquier porción de este hemisferio como una amenaza para nuestra paz y seguridad”. 


Dos siglos después, el mensaje reaparece con menos diplomacia y más músculo. Trump quiere control total de lo que él ve como su patio trasero; un hemisferio alineado con Estados Unidos, sin presencia de Rusia y, sobre todo, de China. Y eso no solo en lo político, sino también en lo económico y comercial, en la infraestructura estratégica, en los recursos naturales, en los puertos y en el Canal de Panamá, sobre el cual el propio empresario ya ha expresado abiertamente su fantasía de “recuperarlo” y llamarlo “Canal de Estados Unidos”.


Venezuela aparece como el primer ensayo explícito de una doctrina Monroe rejuvenecida. El siguiente objetivo ya está insinuado: Cuba, porque el propio secretario de Estado de Trump, Marco Rubio, dijo que ya deberían sentirse “preocupados”. O quizás Colombia, luego de que Trump le advirtiera a Gustavo Petro que debía “cuidarse el trasero”. Más allá de los nombres, la amenaza es que América Latina se convierta en un tablero y la soberanía de cada país, en una pieza intercambiable. Otra vez.


Por Álvaro Ortiz Villalobos.

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